miércoles, 22 de abril de 2015
martes, 14 de abril de 2015
Librería Paradiso
Atravesé el umbral de la librería con el corazón palpitando en mis oídos. Respiré hondo una , dos, tres veces y contemplé el sosiego: A mi izquierda, detrás del pequeño mostrador, un hombre me saludó con una pequeña sonrisa, al otro lado, un par de jóvenes escrutaban discos con avidez. Por un instante me quedé allí contemplándolos, pensando en la magia de aquel lugar sin tiempo, un espejo de mi mismo que continuaba una búsqueda interminable entre la música. Me giré y descendí unos escalones. Recorrí despacio con la yema de mis dedos el paisaje monótono de los libros. Arte, filosofía, ensayo, novela policíaca...¿Sería posible una respuesta tan sencilla y compleja a todos nuestros males?. En aquellas estanterías yacían miles, millones de razones por las que vivir, pensamientos petrificados en tinta, historias de locos que batallan en pos de la justicia y el honor, desterrados que navegan mares procelosos, que descubren extraordinarios lugares y que aún sueñan con su propia tierra, retratos de lo que fuimos y de lo que anhelamos llegar a ser, trozos de un espejo roto que nos devuelve el reflejo de una mirada perdida. Me dejé llenar de ese aroma a papel, a libro que aguarda ser leído, la resurrección de tantos y tantos que duermen y esperan para recorrer el laberinto de una nueva mente. Unamuno, Cervantes, Quevedo, Larra, Machado, Lorca...todos me susurran, y siento que la levedad de mi existencia encuentra una vez más en este lugar el mejor de los refugios. La memoria se hace corpórea, se respira, se palpa, se contempla en la perfección de un libro, más allá de su contenido, reivindico a éste como objeto, digno y bello, compañero de viaje, amigo inseparable que siempre se muestra con plena disposición a rescatarte de la amarga soledad, que te mira en silencio cuando pasas junto a él, que te espera y te ilumina. La Librería Paradiso no es más que un pequeño rincón de mi ciudad, de esos que permanecen inalterables con el transcurso del tiempo, una especie en extinción ajena al devenir tecnológico y de las falsas verdades que brillan en esta sociedad de consumo. Hace poco leí en la prensa que en nuestro país, con esto de la crisis, se ven obligadas a echar el cierre una media de dos librerías cada veinticuatro horas. Negocios, al fin y al cabo igual que una charcutería o una tienda de ropa; sin embargo, el dato es demoledor. No se lee, amigo mío, aunque tú quizá seas la excepción que confirme la regla. Es triste la oscuridad, la ignorancia orgullosa del que se jacta de no haber leído un libro en toda su vida. Pero déjame que continúe con mi deleite, cada uno de mis cinco sentidos activado como la savia de un árbol en primavera. Asciendo por la escalera que da acceso al corredor; desde allí me siento capaz de elevarme a las alturas: Platón, Aristóteles, Kant, Descartes...¡Cuántos libros por leer, mundos por descubrir! Sobre el silencio se ha instalado el piano de Bill Evans que desgrana las notas de una preciosa balada que lleva por título:"I love you Porgy". Todo es tan maravilloso y fugaz...
Siempre que regreso a Gijón mis pasos me llevan hasta la Librería Paradiso huyendo de la niebla, tratando de encontrar a ese muchacho que no deja de formularse preguntas, que goza al escuchar los primeros acordes de Pat Metheny o leyendo la prosa de Graham Greene.
Si queréis, os espero.
Hay sitio para todos.
Siempre que regreso a Gijón mis pasos me llevan hasta la Librería Paradiso huyendo de la niebla, tratando de encontrar a ese muchacho que no deja de formularse preguntas, que goza al escuchar los primeros acordes de Pat Metheny o leyendo la prosa de Graham Greene.
Si queréis, os espero.
Hay sitio para todos.
lunes, 23 de marzo de 2015
lunes, 9 de marzo de 2015
La Calle de Atrás
Me quedaría sin dudarlo con el territorio menos luminoso, esos rincones que están por descubrir, cercanos al flujo de turistas que toman fotos casi por obligación y que sin embargo permanecen lejos del tránsito foráneo. Ocurre en todas las ciudades; en la nuestra, también. Es fácil plasmar en la mente imágenes típicas de postal, de las que aparecen una y otra vez en la memoria siempre que pensamos en Gijón: La playa de San Lorenzo con la iglesia de San Pedro al fondo, la estatua de Pelayo presidiendo la entrada al Barrio Alto, el Elogio del Horizonte al borde del abismo...Estampas del Gijón convencional que yo mismo he retratado en más de una ocasión. Pero hoy he decidido perder mis pasos con la mirada distraída, sin prisa, saboreando un café mientras contemplo como fluye la cotidianidad ante mí, mientras me detengo ante el escaparate de una tienda de regalos, mientras cae la noche sin darme cuenta instalado en otros mundos de tinta y de papel. Y he descubierto (en realidad hace ya mucho tiempo de ello) la calle perfecta, escondida y recoleta, céntrica pero secundaria. Se trata de la Merced. Su trazado comparte espacio con San Bernardo, la plaza del Parchís, los Moros o Begoña, pertenece al Gijón eterno de Jovellanos, a la élite de la burguesía de principios del siglo XX, donde se fraguaba el día a día de una villa disfrazada de gran ciudad. Y precisamente por esa ubicación, la Merced es una calle que conserva el esplendor del recuerdo, del buen comercio y la distinción, a salvo de franquicias y bazares chinos. No es sencillo encontrar una calle en la que sea factible comprar zapatos artesanos, paraguas de diseño, sombreros, ropa exclusiva, hacer un alto para tomar un refrigerio en un acogedor local, leer un buen libro, visitar una exposición pictórica, asistir a una conferencia y rematar haciéndose un lifting. En este rincón de la ciudad se halla la clave del éxito, la solución a la uniformidad cansina y aplastante, un homenaje digno al autónomo que crea su negocio tratando de ser diferente y personal. Es curioso, reconfortante descubrir que apenas existen locales vacíos aquí, que el corazón de la ciudad sigue latiendo con fuerza pese a todo. Probablemente nadie de aquellos que están de paso por Gijón sean capaces de recordar el nombre de esta calle cuando se hayan ido, tal vez aludan a ella simplemente como "la calle de atrás"; y es que la Merced es como una de esas gloriosas actrices secundarias que convierten en sublime una buena película. La Merced resulta perfecta como escenario, el lugar idóneo donde nunca pasa nada, el plácido refugio del discreto adinerado que prefiere vivir en segundo plano, salir a la calle al anochecer y pasear un buen rato por
la playa descalzo sobre la arena, disfrazado de lo que nunca ha sido y nunca será, borrando su pasado a golpe de ola que muere a la orilla, anónimo, náufrago... Tal vez la imaginación me esté llevando demasiado lejos, tal vez las historias que construyo al contemplar los miradores de sus edificios no sean más que niebla, bruma volátil del Cantábrico que impregna cada esquina.
Las sombras se adueñan de mis pasos, alguien me sigue, me siento vulnerable, abandonado. Necesito una guarida. Busco en los portales, golpeo las puertas con los puños cerrados. Camino más deprisa, miro atrás pero no veo a nadie. La plaza del Parchís está desierta, trato de gritar pero no puedo hacerlo. Sólo existe el mar, la niebla que envuelve los perfiles. Me detengo, él también se detiene. Estoy perdido, nadie escuchará mi súplica. Alzo la vista y respiro hondo.
Al fin a salvo: "Librería Paradiso".
la playa descalzo sobre la arena, disfrazado de lo que nunca ha sido y nunca será, borrando su pasado a golpe de ola que muere a la orilla, anónimo, náufrago... Tal vez la imaginación me esté llevando demasiado lejos, tal vez las historias que construyo al contemplar los miradores de sus edificios no sean más que niebla, bruma volátil del Cantábrico que impregna cada esquina.
Las sombras se adueñan de mis pasos, alguien me sigue, me siento vulnerable, abandonado. Necesito una guarida. Busco en los portales, golpeo las puertas con los puños cerrados. Camino más deprisa, miro atrás pero no veo a nadie. La plaza del Parchís está desierta, trato de gritar pero no puedo hacerlo. Sólo existe el mar, la niebla que envuelve los perfiles. Me detengo, él también se detiene. Estoy perdido, nadie escuchará mi súplica. Alzo la vista y respiro hondo.
Al fin a salvo: "Librería Paradiso".
lunes, 23 de febrero de 2015
lunes, 9 de febrero de 2015
Cicatrices
Me ha confesado Rorro, la última vez que compartimos cerveza y conversación hasta altas horas de la madrugada por los garitos del Gijón más oscuro, que sentía verdadera devoción por una película que, extrañamente, no formaba parte del olimpo de los clásicos. Se trataba de "Sin perdón", el western que Clint Eastwood dirigió y en el que encarnaba a un viejo pistolero retirado que había decidido llevar a cabo un último trabajo. Aquella fue una noche de reflexiones profundas. En ella, mi amigo arrancó de sus entrañas algo más que simples palabras. Al regresar al barrio recorrimos la bahía caminando por la arena, envueltos en un silencio escandaloso que el mar coloreaba de un negro intenso.
Me fui de Gijón al día siguiente y al llegar a mi destino me propuse revisar con atención esa película que mi amigo Rorro tanto admiraba. Tras los títulos de crédito me quedé inmóvil frente a la pantalla del televisor, rescatando palabras, trozos de pensamientos que ahora encajaban a la perfección.
Rorro es uno de esos anónimos paseantes que forman parte del paisaje urbano de su ciudad, de los que caminan con cierta ausencia por el Muro un día tras otro. Pero mi amigo es de los que sufre en la contemplación, se formula preguntas con respuestas dolorosas, evidentes pero incomprensibles. Lleva obsesionado con la fachada marítima de San Lorenzo desde que tiene uso de razón. Analiza el desarrollismo de los sesenta, lee sobre arquitectura, imagina lo que pudo haber sido y nunca fue, colecciona postales en blanco y negro de Gijón, atesora fotografías de edificios portentosos que han sido derruídos, en pleno centro, usurpando su ubicación bloques desproporcionados, amorfos. Durante una buena temporada se dedicó a buscar el lugar exacto que ocupaban los malogrados edificios para fotografiar después el resultado. Fue demoledor. Rorro pensó que no sobreviviría a los desmanes del pasado, que todo ese hormigón de quince plantas permanecería cuando él ya no caminase por el Muro. Cicatrices, decía en voz alta. Heridas que permanecen a flor de piel toda una vida, igual que el rostro de la prostituta en "Sin perdón". Rorro en cambio ocultaba las suyas, ésas que duelen en el fondo de alma, que no se ven con los ojos, el viejo pistolero que arrastra sus pecados sin esperanza de remisión, que trata de respirar cada día el aire frío de la mañana para limpiar, sin conseguirlo, su sucia conciencia.
Mi amigo era un reflejo fiel de su ciudad, un cúmulo de errores, un continuo lamento de lo que podría haber sido. A la luz del día las cicatrices resultan lacerantes. Traté aquella última noche de liberarlo de su peso, creí oportuno decirle que todos llevamos dentro heridas, que en ocasiones permanecen abiertas, que reviven cuando el recuerdo fugaz nubla nuestra rutina, que el secreto tal vez se encuentre en el perdón que debemos concedernos a nosotros mismos. Se lo susurré como un páter en la penumbra del confesionario, entre trago y trago de cerveza. Sin embargo, en aquel instante, tuve la sensación de estar hablando solo.
Al cerrar el "Vértigo" casi siempre se asoma un rato a la bahía, camina despacio hasta el puente del río y allí se detiene, alza la vista y contempla el perfil irregular de la fachada marítima, la deliciosa curva de la playa que muere en Cimadevilla, y de pronto siente que todo es mucho más sencillo de lo que creemos, que su vida es una de tantas, insignificante y breve, que se siente capaz de concederse la absolución a sus pecados y que por encima de todo no sería capaz de hallar nada en este mundo tan dolorosamente bello como su Gijón del alma.
Me fui de Gijón al día siguiente y al llegar a mi destino me propuse revisar con atención esa película que mi amigo Rorro tanto admiraba. Tras los títulos de crédito me quedé inmóvil frente a la pantalla del televisor, rescatando palabras, trozos de pensamientos que ahora encajaban a la perfección.
Rorro es uno de esos anónimos paseantes que forman parte del paisaje urbano de su ciudad, de los que caminan con cierta ausencia por el Muro un día tras otro. Pero mi amigo es de los que sufre en la contemplación, se formula preguntas con respuestas dolorosas, evidentes pero incomprensibles. Lleva obsesionado con la fachada marítima de San Lorenzo desde que tiene uso de razón. Analiza el desarrollismo de los sesenta, lee sobre arquitectura, imagina lo que pudo haber sido y nunca fue, colecciona postales en blanco y negro de Gijón, atesora fotografías de edificios portentosos que han sido derruídos, en pleno centro, usurpando su ubicación bloques desproporcionados, amorfos. Durante una buena temporada se dedicó a buscar el lugar exacto que ocupaban los malogrados edificios para fotografiar después el resultado. Fue demoledor. Rorro pensó que no sobreviviría a los desmanes del pasado, que todo ese hormigón de quince plantas permanecería cuando él ya no caminase por el Muro. Cicatrices, decía en voz alta. Heridas que permanecen a flor de piel toda una vida, igual que el rostro de la prostituta en "Sin perdón". Rorro en cambio ocultaba las suyas, ésas que duelen en el fondo de alma, que no se ven con los ojos, el viejo pistolero que arrastra sus pecados sin esperanza de remisión, que trata de respirar cada día el aire frío de la mañana para limpiar, sin conseguirlo, su sucia conciencia.
Mi amigo era un reflejo fiel de su ciudad, un cúmulo de errores, un continuo lamento de lo que podría haber sido. A la luz del día las cicatrices resultan lacerantes. Traté aquella última noche de liberarlo de su peso, creí oportuno decirle que todos llevamos dentro heridas, que en ocasiones permanecen abiertas, que reviven cuando el recuerdo fugaz nubla nuestra rutina, que el secreto tal vez se encuentre en el perdón que debemos concedernos a nosotros mismos. Se lo susurré como un páter en la penumbra del confesionario, entre trago y trago de cerveza. Sin embargo, en aquel instante, tuve la sensación de estar hablando solo.
Al cerrar el "Vértigo" casi siempre se asoma un rato a la bahía, camina despacio hasta el puente del río y allí se detiene, alza la vista y contempla el perfil irregular de la fachada marítima, la deliciosa curva de la playa que muere en Cimadevilla, y de pronto siente que todo es mucho más sencillo de lo que creemos, que su vida es una de tantas, insignificante y breve, que se siente capaz de concederse la absolución a sus pecados y que por encima de todo no sería capaz de hallar nada en este mundo tan dolorosamente bello como su Gijón del alma.
lunes, 19 de enero de 2015
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Carlos Álvarez Castañón












