lunes, 25 de mayo de 2015
domingo, 10 de mayo de 2015
Abelardismo
Yo soy uno de esos huérfanos que lloró amargamente la pérdida del gran Manolo Preciado, que admiraba su locuacidad, que veneraba aquella voz rota y clara que hablaba como un libro abierto. Los Preciadistas sentimos desde su adiós un vacío místico-futbolero insondable. Se presentaron entonces ante el sagrado tapete de El Molinón falsos mesías prometiendo el paraíso; y cuando el infierno amenazaba con arrasar más de cien años de historia apareció Él, Abelardo Fernández.
"Nadie es profeta en su tierra", escuché una tarde de sábado mientras contemplaba el debut de mi Sporting ante el Numancia en tierras sorianas. La voz provenía del fondo de la barra, de un solitario jubilado que apuraba su cerveza con desdén. Lanzaba frases pesimistas, apocalípticas justo después del gol del equipo numantino, nada nuevo en este Gijón del alma. Sin embargo yo mantuve una fe ciega en aquellos guajes; algo grande estaba a punto de ocurrir. Conocía a la persona que ocupaba el banquillo del Sporting, era de algún modo una parte de mí, ésa que soñó con vestir la camiseta rojiblanca, ser futbolista de élite, participar en mundiales, disputar ligas y Copas de Europa. Fue en el año ochenta y siete cuando lo conocí, cuando compartimos vestuario y colores, el Estudiantes de Somió. Él se fue al Sporting y yo dejé el fútbol, pero cuando lo veía sobre el césped temporada tras temporada creciendo sin techo, de alguna manera tenía la sensación de que yo también jugaba a su lado. Me sentía orgulloso de sus triunfos y me entristecían sus derrotas...
Y fue cuando, perdido en los laberintos del pasado, me devolvió al presente el golazo de Miguel Ángel Guerrero. Desde ese instante, el Sporting comenzó a mover el balón, se acercaba una y otra vez a la portería del Numancia, hasta que, ya en los minutos postreros, una galopada de Johny por la banda izquierda termina con el pase de la muerte que ejecuta Juan Muñiz. Acababan de nacer "Los Superguajes".
La mano del Pitu se intuía en cada detalle: la forma de defender, la estrategia, la disciplina, el posicionamiento, la intensidad, la pasión...Era un equipo con alma, reflejo de una ciudad loca por el fútbol que había recuperado al fin sus valores, desterrando falsedad y demagogia. Lo que este grupo transmite es pura autenticidad, adrenalina, amor a unos colores, sudor y lágrimas. Los finales de cada partido lo dicen todo; una piña en el centro del campo, sonrisas de felicidad en los rostros de los chavales, puños al viento, invencibles, eternos.
De pronto he dejado de sentirme huérfano, jamás olvidaré a Manolo Preciado pero siento que he abrazado una nueva religión, el Abelardismo. Sensatez, sabiduría, prudencia,empatía, respeto, trabajo, elegancia, madurez, ilusión, inteligencia, sportinguismo sincero. Me identifico con su cariño hacia Gijón y creo que nadie celebraría como él cada victoria de nuestro equipo, creció jugando en la arena de San Lorenzo, respirando el aire del Cantábrico, gijonés de los que atesoran lo mejor de esta ciudad, que siempre habló con orgullo y nostalgia de ella cuando no podía disfrutarla, que la siente, que regresó para quedarse. El Pitu sabe calibrar cada rueda de prensa, habla de objetivos reales, ha pronunciado la palabra ascenso justo cuando era necesario oirla, dando la cara por su gente, liberándolos de responsabilidad y cargándosela a quienes toman decisiones. Ha navegado en aguas turbulentas con maestría, en mitad del desastre, al borde del naufragio, dueño de sus silencios y contundente en sus críticas a quienes deshacen más que hacen. Abelardo es hoy en el Sporting el gran capitán, la respetabilidad hecha entrenador de fútbol. Llegados a este punto, he decidido venerarlo, seguir sus pasos en peregrinaje por los campos de España, "Mareona Mística", hacer de sus palabras dogma de fe. Cuando al fin a una calle de Gijón le pongan el nombre de: "Plantilla de los Superguajes", propongo que se sustituya el de "Plaza Mayor" por el de mi viejo compañero de equipo, Abelardo Fernández.
Amén.
miércoles, 22 de abril de 2015
martes, 14 de abril de 2015
Librería Paradiso
Atravesé el umbral de la librería con el corazón palpitando en mis oídos. Respiré hondo una , dos, tres veces y contemplé el sosiego: A mi izquierda, detrás del pequeño mostrador, un hombre me saludó con una pequeña sonrisa, al otro lado, un par de jóvenes escrutaban discos con avidez. Por un instante me quedé allí contemplándolos, pensando en la magia de aquel lugar sin tiempo, un espejo de mi mismo que continuaba una búsqueda interminable entre la música. Me giré y descendí unos escalones. Recorrí despacio con la yema de mis dedos el paisaje monótono de los libros. Arte, filosofía, ensayo, novela policíaca...¿Sería posible una respuesta tan sencilla y compleja a todos nuestros males?. En aquellas estanterías yacían miles, millones de razones por las que vivir, pensamientos petrificados en tinta, historias de locos que batallan en pos de la justicia y el honor, desterrados que navegan mares procelosos, que descubren extraordinarios lugares y que aún sueñan con su propia tierra, retratos de lo que fuimos y de lo que anhelamos llegar a ser, trozos de un espejo roto que nos devuelve el reflejo de una mirada perdida. Me dejé llenar de ese aroma a papel, a libro que aguarda ser leído, la resurrección de tantos y tantos que duermen y esperan para recorrer el laberinto de una nueva mente. Unamuno, Cervantes, Quevedo, Larra, Machado, Lorca...todos me susurran, y siento que la levedad de mi existencia encuentra una vez más en este lugar el mejor de los refugios. La memoria se hace corpórea, se respira, se palpa, se contempla en la perfección de un libro, más allá de su contenido, reivindico a éste como objeto, digno y bello, compañero de viaje, amigo inseparable que siempre se muestra con plena disposición a rescatarte de la amarga soledad, que te mira en silencio cuando pasas junto a él, que te espera y te ilumina. La Librería Paradiso no es más que un pequeño rincón de mi ciudad, de esos que permanecen inalterables con el transcurso del tiempo, una especie en extinción ajena al devenir tecnológico y de las falsas verdades que brillan en esta sociedad de consumo. Hace poco leí en la prensa que en nuestro país, con esto de la crisis, se ven obligadas a echar el cierre una media de dos librerías cada veinticuatro horas. Negocios, al fin y al cabo igual que una charcutería o una tienda de ropa; sin embargo, el dato es demoledor. No se lee, amigo mío, aunque tú quizá seas la excepción que confirme la regla. Es triste la oscuridad, la ignorancia orgullosa del que se jacta de no haber leído un libro en toda su vida. Pero déjame que continúe con mi deleite, cada uno de mis cinco sentidos activado como la savia de un árbol en primavera. Asciendo por la escalera que da acceso al corredor; desde allí me siento capaz de elevarme a las alturas: Platón, Aristóteles, Kant, Descartes...¡Cuántos libros por leer, mundos por descubrir! Sobre el silencio se ha instalado el piano de Bill Evans que desgrana las notas de una preciosa balada que lleva por título:"I love you Porgy". Todo es tan maravilloso y fugaz...
Siempre que regreso a Gijón mis pasos me llevan hasta la Librería Paradiso huyendo de la niebla, tratando de encontrar a ese muchacho que no deja de formularse preguntas, que goza al escuchar los primeros acordes de Pat Metheny o leyendo la prosa de Graham Greene.
Si queréis, os espero.
Hay sitio para todos.
Siempre que regreso a Gijón mis pasos me llevan hasta la Librería Paradiso huyendo de la niebla, tratando de encontrar a ese muchacho que no deja de formularse preguntas, que goza al escuchar los primeros acordes de Pat Metheny o leyendo la prosa de Graham Greene.
Si queréis, os espero.
Hay sitio para todos.
lunes, 23 de marzo de 2015
lunes, 9 de marzo de 2015
La Calle de Atrás
Me quedaría sin dudarlo con el territorio menos luminoso, esos rincones que están por descubrir, cercanos al flujo de turistas que toman fotos casi por obligación y que sin embargo permanecen lejos del tránsito foráneo. Ocurre en todas las ciudades; en la nuestra, también. Es fácil plasmar en la mente imágenes típicas de postal, de las que aparecen una y otra vez en la memoria siempre que pensamos en Gijón: La playa de San Lorenzo con la iglesia de San Pedro al fondo, la estatua de Pelayo presidiendo la entrada al Barrio Alto, el Elogio del Horizonte al borde del abismo...Estampas del Gijón convencional que yo mismo he retratado en más de una ocasión. Pero hoy he decidido perder mis pasos con la mirada distraída, sin prisa, saboreando un café mientras contemplo como fluye la cotidianidad ante mí, mientras me detengo ante el escaparate de una tienda de regalos, mientras cae la noche sin darme cuenta instalado en otros mundos de tinta y de papel. Y he descubierto (en realidad hace ya mucho tiempo de ello) la calle perfecta, escondida y recoleta, céntrica pero secundaria. Se trata de la Merced. Su trazado comparte espacio con San Bernardo, la plaza del Parchís, los Moros o Begoña, pertenece al Gijón eterno de Jovellanos, a la élite de la burguesía de principios del siglo XX, donde se fraguaba el día a día de una villa disfrazada de gran ciudad. Y precisamente por esa ubicación, la Merced es una calle que conserva el esplendor del recuerdo, del buen comercio y la distinción, a salvo de franquicias y bazares chinos. No es sencillo encontrar una calle en la que sea factible comprar zapatos artesanos, paraguas de diseño, sombreros, ropa exclusiva, hacer un alto para tomar un refrigerio en un acogedor local, leer un buen libro, visitar una exposición pictórica, asistir a una conferencia y rematar haciéndose un lifting. En este rincón de la ciudad se halla la clave del éxito, la solución a la uniformidad cansina y aplastante, un homenaje digno al autónomo que crea su negocio tratando de ser diferente y personal. Es curioso, reconfortante descubrir que apenas existen locales vacíos aquí, que el corazón de la ciudad sigue latiendo con fuerza pese a todo. Probablemente nadie de aquellos que están de paso por Gijón sean capaces de recordar el nombre de esta calle cuando se hayan ido, tal vez aludan a ella simplemente como "la calle de atrás"; y es que la Merced es como una de esas gloriosas actrices secundarias que convierten en sublime una buena película. La Merced resulta perfecta como escenario, el lugar idóneo donde nunca pasa nada, el plácido refugio del discreto adinerado que prefiere vivir en segundo plano, salir a la calle al anochecer y pasear un buen rato por
la playa descalzo sobre la arena, disfrazado de lo que nunca ha sido y nunca será, borrando su pasado a golpe de ola que muere a la orilla, anónimo, náufrago... Tal vez la imaginación me esté llevando demasiado lejos, tal vez las historias que construyo al contemplar los miradores de sus edificios no sean más que niebla, bruma volátil del Cantábrico que impregna cada esquina.
Las sombras se adueñan de mis pasos, alguien me sigue, me siento vulnerable, abandonado. Necesito una guarida. Busco en los portales, golpeo las puertas con los puños cerrados. Camino más deprisa, miro atrás pero no veo a nadie. La plaza del Parchís está desierta, trato de gritar pero no puedo hacerlo. Sólo existe el mar, la niebla que envuelve los perfiles. Me detengo, él también se detiene. Estoy perdido, nadie escuchará mi súplica. Alzo la vista y respiro hondo.
Al fin a salvo: "Librería Paradiso".
la playa descalzo sobre la arena, disfrazado de lo que nunca ha sido y nunca será, borrando su pasado a golpe de ola que muere a la orilla, anónimo, náufrago... Tal vez la imaginación me esté llevando demasiado lejos, tal vez las historias que construyo al contemplar los miradores de sus edificios no sean más que niebla, bruma volátil del Cantábrico que impregna cada esquina.
Las sombras se adueñan de mis pasos, alguien me sigue, me siento vulnerable, abandonado. Necesito una guarida. Busco en los portales, golpeo las puertas con los puños cerrados. Camino más deprisa, miro atrás pero no veo a nadie. La plaza del Parchís está desierta, trato de gritar pero no puedo hacerlo. Sólo existe el mar, la niebla que envuelve los perfiles. Me detengo, él también se detiene. Estoy perdido, nadie escuchará mi súplica. Alzo la vista y respiro hondo.
Al fin a salvo: "Librería Paradiso".
lunes, 23 de febrero de 2015
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Carlos Álvarez Castañón











