lunes, 29 de junio de 2015
domingo, 21 de junio de 2015
Justicia Poética
No digas que fue un sueño. Tú, que conoces como nadie el sonido de El Molinón rugiendo por su Sporting, el sabor amargo de la derrota, el filo de la navaja...Ha sido una maravillosa historia con final feliz, inesperado, desbordante. Ni tú ni yo; nadie habría imaginado algo así a principios de temporada. Sin embargo las grandes victorias se desvanecen con el transcurso de los años, se disfrazan de lirismo, de épica un tanto inverosímil. Así nacen las leyendas; bruma del mar camuflada entre los sueños. El tiempo no se detiene, arrastrará nuestros recuerdos, tratará de borrarlos. No olvides nunca la Plaza del Marqués repleta, las calles de Gijón en rojiblanco, el Benito Villamarín, el verde y el blanco, los minutos de la ansiedad, la Muralla Romana de Lugo, el gol en fuera de juego, el aeropuerto de Ranón, la Plaza Mayor, porque todo ello forma parte del Real Sporting, define a un club histórico, sufridor, mítico. Has sido testigo de uno de los capítulos más gloriosos y antológicos de la historia de este club de fútbol, una temporada que bien vale una vida entera, más de un siglo de barro, penurias económicas, batallando sin cesar. El Equipo de los Superguajes ha rescatado del acantilado ciento diez años. No soy de los que dicen: "Mejor no imaginar lo que hubiera pasado de no haber logrado el ascenso". Yo pienso a menudo en ello, me enredo en elucubraciones tenebrosas, sufro con lo que pudo haber sido y no fue. Y respiro tranquilo al saber que hemos dejado atrás esa pesadilla. Es fácil comprender las lágrimas de quienes conocían la verdad cruda del Sporting, Quini, Gerardo Ruiz...lloraban de alegría y también de pena al saber que su Sporting había estado tan cerca del vacío. Abelardo, todo el cuerpo técnico y los futbolistas han recuperado para nuestro equipo su lugar en primera, la unión, el orgullo y las señas de identidad de una hinchada que se identifica con lo que ve sobre el terreno de juego. Pero ante todo han rescatado al Sporting de una muerte anunciada. En esta ocasión sí era cierto: "enfermería o puerta grande". Peor aún, cielo o infierno. Demasiado para un grupo de chavales que en su mayoría habían jugado sin presiones en segunda "b" la campaña anterior. Una vez más la solución se halla en el origen, las raíces, el corazón. Todo pudo cambiar, lo sé, el remate de Caballero, las ocasiones del Girona...pero no fue así, se impuso el orden caprichoso de la justicia poética que aflora tan sólo cuando miles de corazones laten al unísono. Y me siento en deuda con ese destino maravilloso que ha puesto paz futbolística en mi interior, ya no sólo como sportinguista sino como amante del Deporte Rey en el que impera el olor del dinero. Y recuerdo a todos aquellos que hicieron grande a mi equipo, y tengo la sensación de escuchar el eco de la risa rota del gran Preciado, satisfecho. Contra viento y marea, navegando en aguas
turbulentas, arreglando en el césped lo que otros habían destrozado en los despachos. Que no se repita la historia. He sentido un escalofrío al escuchar alguna voz asegurando que con dos o tres temporadas en primera división se liquidaría por completo la deuda. Me recuerda tanto a lo del último ascenso...Sentemos las bases de un gran proyecto, dejen trabajar a quienes saben de fútbol y destierren de una vez por todas a aquellos que han arrastrado al club al borde del precipicio.
Todo sportinguista guarda un álbum en su memoria, momentos mágicos que permanecen imborrables: el verde tapete del Molinón, los goles de Quini, aquellos regates de Enzo Ferrero por la banda izquierda, David Villa dando sus primeros pasos... Pero han llegado los puños al viento de Pablo Pérez después de una victoria, las galopadas de Jony, la solvencia de Luis Hernández y la elegancia de Bernardo Espinosa, la casta de Sergio Álvarez, la clase de Nacho Cases, el pundonor de Guerrero, las paradas del Pichu Cuéllar... Esa piña en el centro del campo al final del partido. Sí amigo, has tenido el privilegio de presenciar algo irrepetible, testigo de la historia, de uno de los equipos más grandes, leyenda viva del Real Sporting de Gijón.
A veces me froto los ojos al pensarlo, al saber que no ha sido un sueño, que la próxima temporada quizás nos reserve algo todavía mejor. Eso sí, en el lugar que nos corresponde, en primera división.
turbulentas, arreglando en el césped lo que otros habían destrozado en los despachos. Que no se repita la historia. He sentido un escalofrío al escuchar alguna voz asegurando que con dos o tres temporadas en primera división se liquidaría por completo la deuda. Me recuerda tanto a lo del último ascenso...Sentemos las bases de un gran proyecto, dejen trabajar a quienes saben de fútbol y destierren de una vez por todas a aquellos que han arrastrado al club al borde del precipicio.
Todo sportinguista guarda un álbum en su memoria, momentos mágicos que permanecen imborrables: el verde tapete del Molinón, los goles de Quini, aquellos regates de Enzo Ferrero por la banda izquierda, David Villa dando sus primeros pasos... Pero han llegado los puños al viento de Pablo Pérez después de una victoria, las galopadas de Jony, la solvencia de Luis Hernández y la elegancia de Bernardo Espinosa, la casta de Sergio Álvarez, la clase de Nacho Cases, el pundonor de Guerrero, las paradas del Pichu Cuéllar... Esa piña en el centro del campo al final del partido. Sí amigo, has tenido el privilegio de presenciar algo irrepetible, testigo de la historia, de uno de los equipos más grandes, leyenda viva del Real Sporting de Gijón.
A veces me froto los ojos al pensarlo, al saber que no ha sido un sueño, que la próxima temporada quizás nos reserve algo todavía mejor. Eso sí, en el lugar que nos corresponde, en primera división.
lunes, 25 de mayo de 2015
domingo, 10 de mayo de 2015
Abelardismo
Yo soy uno de esos huérfanos que lloró amargamente la pérdida del gran Manolo Preciado, que admiraba su locuacidad, que veneraba aquella voz rota y clara que hablaba como un libro abierto. Los Preciadistas sentimos desde su adiós un vacío místico-futbolero insondable. Se presentaron entonces ante el sagrado tapete de El Molinón falsos mesías prometiendo el paraíso; y cuando el infierno amenazaba con arrasar más de cien años de historia apareció Él, Abelardo Fernández.
"Nadie es profeta en su tierra", escuché una tarde de sábado mientras contemplaba el debut de mi Sporting ante el Numancia en tierras sorianas. La voz provenía del fondo de la barra, de un solitario jubilado que apuraba su cerveza con desdén. Lanzaba frases pesimistas, apocalípticas justo después del gol del equipo numantino, nada nuevo en este Gijón del alma. Sin embargo yo mantuve una fe ciega en aquellos guajes; algo grande estaba a punto de ocurrir. Conocía a la persona que ocupaba el banquillo del Sporting, era de algún modo una parte de mí, ésa que soñó con vestir la camiseta rojiblanca, ser futbolista de élite, participar en mundiales, disputar ligas y Copas de Europa. Fue en el año ochenta y siete cuando lo conocí, cuando compartimos vestuario y colores, el Estudiantes de Somió. Él se fue al Sporting y yo dejé el fútbol, pero cuando lo veía sobre el césped temporada tras temporada creciendo sin techo, de alguna manera tenía la sensación de que yo también jugaba a su lado. Me sentía orgulloso de sus triunfos y me entristecían sus derrotas...
Y fue cuando, perdido en los laberintos del pasado, me devolvió al presente el golazo de Miguel Ángel Guerrero. Desde ese instante, el Sporting comenzó a mover el balón, se acercaba una y otra vez a la portería del Numancia, hasta que, ya en los minutos postreros, una galopada de Johny por la banda izquierda termina con el pase de la muerte que ejecuta Juan Muñiz. Acababan de nacer "Los Superguajes".
La mano del Pitu se intuía en cada detalle: la forma de defender, la estrategia, la disciplina, el posicionamiento, la intensidad, la pasión...Era un equipo con alma, reflejo de una ciudad loca por el fútbol que había recuperado al fin sus valores, desterrando falsedad y demagogia. Lo que este grupo transmite es pura autenticidad, adrenalina, amor a unos colores, sudor y lágrimas. Los finales de cada partido lo dicen todo; una piña en el centro del campo, sonrisas de felicidad en los rostros de los chavales, puños al viento, invencibles, eternos.
De pronto he dejado de sentirme huérfano, jamás olvidaré a Manolo Preciado pero siento que he abrazado una nueva religión, el Abelardismo. Sensatez, sabiduría, prudencia,empatía, respeto, trabajo, elegancia, madurez, ilusión, inteligencia, sportinguismo sincero. Me identifico con su cariño hacia Gijón y creo que nadie celebraría como él cada victoria de nuestro equipo, creció jugando en la arena de San Lorenzo, respirando el aire del Cantábrico, gijonés de los que atesoran lo mejor de esta ciudad, que siempre habló con orgullo y nostalgia de ella cuando no podía disfrutarla, que la siente, que regresó para quedarse. El Pitu sabe calibrar cada rueda de prensa, habla de objetivos reales, ha pronunciado la palabra ascenso justo cuando era necesario oirla, dando la cara por su gente, liberándolos de responsabilidad y cargándosela a quienes toman decisiones. Ha navegado en aguas turbulentas con maestría, en mitad del desastre, al borde del naufragio, dueño de sus silencios y contundente en sus críticas a quienes deshacen más que hacen. Abelardo es hoy en el Sporting el gran capitán, la respetabilidad hecha entrenador de fútbol. Llegados a este punto, he decidido venerarlo, seguir sus pasos en peregrinaje por los campos de España, "Mareona Mística", hacer de sus palabras dogma de fe. Cuando al fin a una calle de Gijón le pongan el nombre de: "Plantilla de los Superguajes", propongo que se sustituya el de "Plaza Mayor" por el de mi viejo compañero de equipo, Abelardo Fernández.
Amén.
miércoles, 22 de abril de 2015
martes, 14 de abril de 2015
Librería Paradiso
Atravesé el umbral de la librería con el corazón palpitando en mis oídos. Respiré hondo una , dos, tres veces y contemplé el sosiego: A mi izquierda, detrás del pequeño mostrador, un hombre me saludó con una pequeña sonrisa, al otro lado, un par de jóvenes escrutaban discos con avidez. Por un instante me quedé allí contemplándolos, pensando en la magia de aquel lugar sin tiempo, un espejo de mi mismo que continuaba una búsqueda interminable entre la música. Me giré y descendí unos escalones. Recorrí despacio con la yema de mis dedos el paisaje monótono de los libros. Arte, filosofía, ensayo, novela policíaca...¿Sería posible una respuesta tan sencilla y compleja a todos nuestros males?. En aquellas estanterías yacían miles, millones de razones por las que vivir, pensamientos petrificados en tinta, historias de locos que batallan en pos de la justicia y el honor, desterrados que navegan mares procelosos, que descubren extraordinarios lugares y que aún sueñan con su propia tierra, retratos de lo que fuimos y de lo que anhelamos llegar a ser, trozos de un espejo roto que nos devuelve el reflejo de una mirada perdida. Me dejé llenar de ese aroma a papel, a libro que aguarda ser leído, la resurrección de tantos y tantos que duermen y esperan para recorrer el laberinto de una nueva mente. Unamuno, Cervantes, Quevedo, Larra, Machado, Lorca...todos me susurran, y siento que la levedad de mi existencia encuentra una vez más en este lugar el mejor de los refugios. La memoria se hace corpórea, se respira, se palpa, se contempla en la perfección de un libro, más allá de su contenido, reivindico a éste como objeto, digno y bello, compañero de viaje, amigo inseparable que siempre se muestra con plena disposición a rescatarte de la amarga soledad, que te mira en silencio cuando pasas junto a él, que te espera y te ilumina. La Librería Paradiso no es más que un pequeño rincón de mi ciudad, de esos que permanecen inalterables con el transcurso del tiempo, una especie en extinción ajena al devenir tecnológico y de las falsas verdades que brillan en esta sociedad de consumo. Hace poco leí en la prensa que en nuestro país, con esto de la crisis, se ven obligadas a echar el cierre una media de dos librerías cada veinticuatro horas. Negocios, al fin y al cabo igual que una charcutería o una tienda de ropa; sin embargo, el dato es demoledor. No se lee, amigo mío, aunque tú quizá seas la excepción que confirme la regla. Es triste la oscuridad, la ignorancia orgullosa del que se jacta de no haber leído un libro en toda su vida. Pero déjame que continúe con mi deleite, cada uno de mis cinco sentidos activado como la savia de un árbol en primavera. Asciendo por la escalera que da acceso al corredor; desde allí me siento capaz de elevarme a las alturas: Platón, Aristóteles, Kant, Descartes...¡Cuántos libros por leer, mundos por descubrir! Sobre el silencio se ha instalado el piano de Bill Evans que desgrana las notas de una preciosa balada que lleva por título:"I love you Porgy". Todo es tan maravilloso y fugaz...
Siempre que regreso a Gijón mis pasos me llevan hasta la Librería Paradiso huyendo de la niebla, tratando de encontrar a ese muchacho que no deja de formularse preguntas, que goza al escuchar los primeros acordes de Pat Metheny o leyendo la prosa de Graham Greene.
Si queréis, os espero.
Hay sitio para todos.
Siempre que regreso a Gijón mis pasos me llevan hasta la Librería Paradiso huyendo de la niebla, tratando de encontrar a ese muchacho que no deja de formularse preguntas, que goza al escuchar los primeros acordes de Pat Metheny o leyendo la prosa de Graham Greene.
Si queréis, os espero.
Hay sitio para todos.
lunes, 23 de marzo de 2015
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Carlos Álvarez Castañón











