lunes, 9 de febrero de 2015

Cicatrices

      Me ha confesado Rorro, la última vez que compartimos cerveza y conversación hasta altas horas de la madrugada por los garitos del Gijón más oscuro, que sentía verdadera devoción por una película que, extrañamente, no formaba parte del olimpo de los clásicos. Se trataba de "Sin perdón", el western que Clint Eastwood dirigió y en el que encarnaba a un viejo pistolero retirado que había decidido llevar a cabo un último trabajo. Aquella fue una noche de reflexiones profundas. En ella, mi amigo arrancó de sus entrañas algo más que simples palabras. Al regresar al barrio recorrimos la bahía caminando por la arena, envueltos en un silencio escandaloso que el mar coloreaba de un negro intenso.
      Me fui de Gijón al día siguiente y al llegar a mi destino me propuse revisar con atención esa película que mi amigo Rorro tanto admiraba. Tras los títulos de crédito me quedé inmóvil frente a la pantalla del televisor, rescatando palabras, trozos de pensamientos que ahora encajaban a la perfección.
      Rorro es uno de esos anónimos paseantes que forman parte del paisaje urbano de su ciudad, de los que caminan con cierta ausencia por el Muro un día tras otro. Pero mi amigo es de los que sufre en la contemplación, se formula preguntas con respuestas dolorosas, evidentes pero incomprensibles. Lleva obsesionado con la fachada marítima de San Lorenzo desde que tiene uso de razón. Analiza el desarrollismo de los sesenta, lee sobre arquitectura, imagina lo que pudo haber sido y nunca fue, colecciona postales en blanco y negro de Gijón, atesora fotografías de edificios portentosos que han sido derruídos, en pleno centro, usurpando su ubicación bloques desproporcionados, amorfos. Durante una buena temporada se dedicó a buscar el lugar exacto que ocupaban los malogrados edificios para fotografiar después el resultado. Fue demoledor. Rorro pensó que no sobreviviría a los desmanes del pasado, que todo ese hormigón de quince plantas permanecería cuando él ya no caminase por el Muro. Cicatrices, decía en voz alta. Heridas que permanecen a flor de piel toda una vida, igual que el rostro de la prostituta en "Sin perdón". Rorro en cambio ocultaba las suyas, ésas que duelen en el fondo de alma, que no se ven con los ojos, el viejo pistolero que arrastra sus pecados sin esperanza de remisión, que trata de respirar cada día el aire frío de la mañana para limpiar, sin conseguirlo, su sucia conciencia.
      Mi amigo era un reflejo fiel de su ciudad, un cúmulo de errores, un continuo lamento de lo que podría haber sido. A la luz del día las cicatrices resultan lacerantes. Traté aquella última noche de liberarlo de su peso, creí oportuno decirle que todos llevamos dentro heridas, que en ocasiones permanecen abiertas, que reviven cuando el recuerdo fugaz nubla nuestra rutina, que el secreto tal vez se encuentre en el perdón que debemos concedernos a nosotros mismos. Se lo susurré como un páter en la penumbra del confesionario, entre trago y trago de cerveza. Sin embargo, en aquel instante, tuve la sensación de estar hablando solo.
      Al cerrar el "Vértigo" casi siempre se asoma un rato a la bahía, camina despacio hasta el puente del río y allí se detiene, alza la vista y contempla el perfil irregular de la fachada marítima, la deliciosa curva de la playa que muere en Cimadevilla, y de pronto siente que todo es mucho más sencillo de lo que creemos, que su vida es una de tantas, insignificante y breve, que se siente capaz de concederse la absolución a sus pecados y que por encima de todo no sería capaz de hallar nada en este mundo tan dolorosamente bello como su Gijón del alma.



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Carlos Álvarez Castañón